V.
Una noche de finales de junio después de San Juan, V escuchaba las hojas frotarse por las aceras del barrio arrastradas por la brisa, también los árboles parecían cantar una vieja y nostálgica canción, él le prestaba atención a todas estas cosas y le parecían hechas con el único fin de consolarle. Una pequeña luz residual se acurrucaba entre las montañas, mientras las estrellas se asomaban sorteando a las nubes, que cruzaban la ciudad en diagonal. Todos dormían ya. Imaginaba V. ahora una casa poblada por sueños, el salón, la cocina, los dormitorios o el baño traspasados por un mundo de imágenes quizás tan reales como las ramas de los árboles que se mecían en el exterior. A veces en la cama con los ojos cerrados, mientras el sueño se le iba poco a poco comiendo la conciencia, V sentía una luz, un haz que venia de arriba, amable y misterioso, llegando hasta su cabeza y palpándole con dulzura. El deseaba cada noche sumergirse en esta visión, pero no siempre se producía. El balcón invitaba a salir, la ciudad se detenía al fin desapareciendo bajo el sonido de la brisa, allí fuera, nada era ya importante, todo parecía renunciar a su lucha, desistir de su deseo. Pensó en que todo lo que pensaba y sentía sobre las cosas, era en realidad un ser ajeno a él, que vivía por él, alguien que le había usurpado su identidad, mientras su verdadera conciencia se marchitaba en un rincón oscuro al fondo de la habitación, lejos de la ventana.
Una noche de finales de junio después de San Juan, V escuchaba las hojas frotarse por las aceras del barrio arrastradas por la brisa, también los árboles parecían cantar una vieja y nostálgica canción, él le prestaba atención a todas estas cosas y le parecían hechas con el único fin de consolarle. Una pequeña luz residual se acurrucaba entre las montañas, mientras las estrellas se asomaban sorteando a las nubes, que cruzaban la ciudad en diagonal. Todos dormían ya. Imaginaba V. ahora una casa poblada por sueños, el salón, la cocina, los dormitorios o el baño traspasados por un mundo de imágenes quizás tan reales como las ramas de los árboles que se mecían en el exterior. A veces en la cama con los ojos cerrados, mientras el sueño se le iba poco a poco comiendo la conciencia, V sentía una luz, un haz que venia de arriba, amable y misterioso, llegando hasta su cabeza y palpándole con dulzura. El deseaba cada noche sumergirse en esta visión, pero no siempre se producía. El balcón invitaba a salir, la ciudad se detenía al fin desapareciendo bajo el sonido de la brisa, allí fuera, nada era ya importante, todo parecía renunciar a su lucha, desistir de su deseo. Pensó en que todo lo que pensaba y sentía sobre las cosas, era en realidad un ser ajeno a él, que vivía por él, alguien que le había usurpado su identidad, mientras su verdadera conciencia se marchitaba en un rincón oscuro al fondo de la habitación, lejos de la ventana.