lunes, 6 de septiembre de 2010

V.

Una noche de finales de junio después de San Juan, V escuchaba las hojas frotarse por las aceras del barrio arrastradas por la brisa, también los árboles parecían cantar una vieja y nostálgica canción, él le prestaba atención a todas estas cosas y le parecían hechas con el único fin de consolarle. Una pequeña luz residual se acurrucaba entre las montañas, mientras las estrellas se asomaban sorteando a las nubes, que cruzaban la ciudad en diagonal. Todos dormían ya. Imaginaba V. ahora una casa poblada por sueños, el salón, la cocina, los dormitorios o el baño traspasados por un mundo de imágenes quizás tan reales como las ramas de los árboles que se mecían en el exterior. A veces en la cama con los ojos cerrados, mientras el sueño se le iba poco a poco comiendo la conciencia, V sentía una luz, un haz que venia de arriba, amable y misterioso, llegando hasta su cabeza y palpándole con dulzura. El deseaba cada noche sumergirse en esta visión, pero no siempre se producía. El balcón invitaba a salir, la ciudad se detenía al fin desapareciendo bajo el sonido de la brisa, allí fuera, nada era ya importante, todo parecía renunciar a su lucha, desistir de su deseo. Pensó en que todo lo que pensaba y sentía sobre las cosas, era en realidad un ser ajeno a él, que vivía por él, alguien que le había usurpado su identidad, mientras su verdadera conciencia se marchitaba en un rincón oscuro al fondo de la habitación, lejos de la ventana.