miércoles, 23 de febrero de 2011

El Predicador


Habla en voz alta
incomodando al aire viciado del vagón
nadie le mira
pero todos respiramos su aliento
que resuena dentro
desaliñando nuestro rutina egoísta y ciega.
Su acento es extranjero
por eso sabemos que no es un loco
que sus palabras tienen sentido
y caen como cristales
sobre nuestra carne.
Parece un hombre tranquilo
le abrazaría como a un hermano
si pudiese llegar hasta el
atravesando la masa apretada
de consumidores,
de votantes,
de ciudadanos,
de clientes,
de trabajadores,
untados al vagon como un pate;
si estuviésemos solos
y tuviese el valor y la gracia que el practica.
Le diría que tiene razón
que todo se esta pudriendo rápidamente,
no conducimos el tren que nos lleva
no podemos pararlo
solo podemos confiar.