Hoy estuve con tres buenos amigos, eso es de festejar, uno dormía, llevaba una mantita y rizos dorados en su cabeza. La ciudad andaba fresca, lentamente se llenaba de gente; zapatos, churros, cafés, conversaciones, una mañana luminosa en la Puerta del Sol. Cuando la gente es de calidad todo luce mas. En el metro pensaba en los que me rodeaban, en la mujer de los ojos llorosos, en el hombre mayor, en la treintañera atractiva pero huesuda, y me preguntaba por esas vidas que me rodeaban. Sentía que debía aceptar aquellas personas tal cual eran, con todo su bien y su mal, pues en lo contrario había un juicio y ese juicio me apartaba de ellos poniendo barreras invisibles. Un café, dos llamadas, un paseo y nos despedimos con la torre del reloj erguida sobre la plaza, doce y cuarto; de nuevo al suburbano.