En tiempos de pesimismo, mientras nuestras civilización se deshace lentamente como un azucarillo, no hay nada como estrenar ventana, una pared abierta al viejo cielo, con sus estrellas y espacios vacíos que llenan la imaginación. El rectángulo del que hablo tiene un trocito de árbol, una sección de farola y un retal de edificio, algunas nubes nocturnas pasan iluminadas por el resplandor de la ciudad. La ventana abierta me trae un aliento nuevo, una brisa que llena la habitación y refresca sus sombras. Casi al amanecer un perro lejano vuelve sonora la noche, los gallos salpican la oscuridad y la mente se me va a por recuerdos de novelas exóticas, yo soy el protagonista de El cielo protector, bajando calles y terraplenes hasta las afueras de la ciudad. Las ventanas son mas interesantes en verano, en esta ciudad aun los gallos son posibles, ellos son como anclas, como raíces en nuestra consciencia, en nuestro pasado, nos acercan a noches en la naturaleza, entorno al fuego esperando el despertar de la estrella.
Al sol no se le puede mirar, el nos mira, pero los astros lejanos nos regalan desde la distancia su luz, su calma. Nos avisan con su fulgor, de la inconsistencia de nuestro tiempo. Ese tiempo que se mezcla con el sueño, desde aquí, desde esta ventana abierta junto a la cama.